Reflexiones sobre el duelo, los abrazos y la importancia de sentirnos acompañados cuando la vida nos duele.
Hay momentos en la vida en los que las palabras parecen quedarse pequeñas. Momentos en los que nos encontramos frente al sufrimiento de alguien a quien queremos y no sabemos qué decir, cómo acercarnos o qué hacer para aliviar, aunque sea un poquito, su dolor.
«¿Qué puedo decirle?»
«¿Cómo puedo consolarle?»
«¿Y si digo algo80que le hace más daño?»
Son preguntas que escucho con frecuencia y que yo misma me he hecho muchas veces.
Con los años, y especialmente a través de mi propia experiencia de duelo, he ido comprendiendo que no siempre necesitamos encontrar las palabras adecuadas. A veces, lo que verdaderamente necesitamos es sentir que alguien permanece a nuestro lado, incluso cuando no hay nada que pueda hacer para cambiar lo sucedido.
Y entonces pienso en los abrazos.
En esos abrazos que no intentan explicar nada, que no nos piden ser fuertes, que no nos invitan a mirar hacia adelante ni nos recuerdan todo lo que todavía tenemos.
Simplemente nos sostienen.
El abrazo, ese lenguaje que no necesita palabras
Siempre he sentido que un abrazo puede ser una de las formas más hermosas de decirle a otra persona: «Estoy aquí».
Cuando abrazo a alguien que está sufriendo, sé que no puedo quitarle su tristeza. No puedo devolverle a quien ha perdido, cambiar lo ocurrido ni ofrecerle una respuesta que haga desaparecer su dolor.
Pero puedo acercarme.
Puedo ofrecerle mi presencia, mi cariño y la posibilidad de descansar, aunque solo sea durante unos instantes, en la compañía de otro ser humano.
Y eso, en determinados momentos, puede significar muchísimo.
Un abrazo puede transmitir ternura, protección, cercanía y comprensión. Puede ayudarnos a sentir que no estamos completamente solos frente a aquello que nos está sucediendo.
No necesita explicaciones.
No exige respuestas.
No espera que dejemos de llorar.
A veces, incluso, nos permite llorar por primera vez delante de alguien.
He aprendido que cuando una persona está atravesando una pérdida importante, no siempre necesita que la consuelen. Muchas veces necesita que alguien sea capaz de permanecer junto a su dolor sin intentar corregirlo.
Porque acompañar no consiste necesariamente en aliviar lo que sentimos, sino en hacer que no tengamos que vivirlo en soledad.
Y un abrazo, cuando es deseado y bien recibido, puede convertirse en una hermosa expresión de esa compañía.
También he comprendido que no todas las personas necesitan o desean el contacto físico. Hay quienes encuentran consuelo en una mano cercana, en una mirada, en una conversación tranquila o simplemente en compartir el silencio.
Por eso, antes de abrazar, también me parece importante saber escuchar con el cuerpo, respetar los límites y, cuando sea necesario, preguntar:
«¿Te apetece que te abrace?».
Porque el cariño también se expresa respetando la manera en que cada persona necesita recibirlo.
Hay abrazos que permanecen mucho después de terminar
No sé si alguna vez os ha sucedido, pero yo conservo en mi memoria algunos abrazos que recibí en momentos especialmente difíciles.
No recuerdo todas las palabras que me dijeron. Algunas se han perdido con el tiempo. Otras, seguramente, ni siquiera llegaron a pronunciarse.
Pero recuerdo cómo me sentí.
Recuerdo la cercanía, el calor humano y esa sensación de que, durante unos instantes, no tenía que sostenerlo todo yo sola.
El contacto físico afectuoso y consentido puede contribuir a nuestra sensación de seguridad y bienestar. Sabemos que las experiencias de contacto y apoyo social pueden ayudar a regular el estrés, aunque sus efectos dependen de cada persona, del vínculo y de las circunstancias.
Durante años han circulado frases que aseguran que necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho para mantenernos y doce para crecer. También se habla de una duración determinada para que un abrazo resulte beneficioso.
Son afirmaciones bonitas, pero no existen pruebas científicas suficientes para establecer esas cantidades como necesidades universales.
Y, en realidad, creo que no necesitamos convertir los abrazos en una obligación ni medir su duración.
Lo importante no es cuántos recibimos, sino qué significan para nosotros.
Un abrazo sincero puede ser más valioso que muchos abrazos dados por compromiso.
También podemos encontrar cercanía en nuestros animales de compañía, en el contacto con la naturaleza o en pequeños gestos cotidianos de cuidado.
Y algo que considero especialmente importante: necesitamos aprender no solo a dar cariño, sino también a recibirlo y a pedirlo.
A veces nos cuesta muchísimo decir:
«Hoy necesito un abrazo».
«¿Puedes quedarte un ratito conmigo?».
«No necesito que me digas nada, solo que estés aquí».
Sin embargo, reconocer esa necesidad no nos hace débiles. Nos recuerda que somos seres humanos y que necesitamos vínculos.
Cuando quien falta es un hijo
Hay una experiencia que transformó profundamente mi manera de comprender la vida, el amor y el sufrimiento: la muerte de mi hija.
No puedo hablar de esta pérdida únicamente desde los libros, las teorías o los conocimientos que he adquirido a lo largo de los años.
También hablo desde mi propia historia.
Desde lo que he vivido, desde lo que he sentido y desde todo aquello que he ido comprendiendo con el tiempo.
Cuando muere un hijo, no perdemos solamente a alguien a quien amamos profundamente.
También se transforma nuestra manera de estar en el mundo.
Se rompe la vida que conocíamos, cambian nuestras expectativas y aparece un futuro que nunca habíamos imaginado tener que vivir.
Seguimos siendo madres y padres, pero tenemos que aprender a vivir nuestra maternidad o paternidad de una manera diferente.
Y eso puede resultar inmensamente doloroso.
Recuerdo que, al principio, había momentos en los que sentía que el dolor ocupaba todos los espacios de mi existencia.
No era solamente tristeza.
Era desconcierto, incredulidad, añoranza, miedo, rabia y tantas otras emociones que a veces ni siquiera sabía nombrar.
El mundo seguía funcionando. La gente iba a trabajar, los niños jugaban, las personas hacían planes y la vida parecía continuar con una normalidad que yo no podía comprender.
Mi mundo se había detenido, pero el de los demás seguía girando.
Y en medio de aquella experiencia, hubo algo que fui descubriendo: necesitaba personas que no me exigieran estar bien.
Personas capaces de acercarse sin miedo a mis lágrimas.
Que no intentaran encontrar explicaciones para lo inexplicable.
Que comprendieran que mi hija seguiría formando parte de mi vida, aunque ya no pudiera abrazarla.
No todos vivimos el duelo de la misma manera
Una de las cosas que he aprendido acompañando a madres y padres que han perdido a sus hijos es que no existe una única manera de vivir el duelo.
Hay personas que necesitan hablar, recordar, llorar y compartir lo que sienten.
Otras prefieren guardar silencio, mantenerse ocupadas, trabajar o encontrar momentos de intimidad para expresar su dolor.
Y ninguna de estas formas, por sí sola, significa que se ame más o menos.
En el acompañamiento al duelo se describen diferentes estilos de afrontamiento. Algunos son más emocionales o intuitivos, mientras que otros se expresan de una manera más instrumental, a través de la actividad, el pensamiento o la búsqueda de soluciones.
Me parece importante comprender esta diferencia, especialmente cuando hablamos de una pareja que ha perdido a un hijo.
He conocido situaciones en las que una madre necesitaba hablar continuamente de su hijo, mirar fotografías y compartir recuerdos, mientras el padre encontraba refugio en el trabajo, en las tareas cotidianas o en el cuidado de los demás.
También he conocido situaciones completamente diferentes.
No se trata de una cuestión de ser hombre o mujer.
Se trata de maneras personales de afrontar una experiencia profundamente dolorosa.
Y aquí puede aparecer una dificultad añadida.
Cuando uno de los dos necesita hablar y el otro necesita silencio, pueden llegar a sentirse incomprendidos.
Quien expresa su dolor puede pensar que el otro no sufre lo suficiente.
Quien lo vive de una manera más reservada puede sentirse desbordado por la necesidad constante de hablar.
Sin embargo, ambos pueden estar sufriendo intensamente.
Por eso creo que una de las cosas más importantes que podemos aprender es a respetar que el amor por nuestros hijos no se mide por la cantidad de lágrimas que derramamos ni por la manera en que expresamos su ausencia.
A veces, acompañarnos dentro de la pareja significa precisamente eso: reconocer que estamos atravesando una misma pérdida desde lugares diferentes.
Y que ninguno tiene que obligar al otro a vivirla de la misma manera.
El duelo no tiene un calendario
Hay algo que me gustaría que comprendiéramos mejor como sociedad.
Cuando alguien pierde a un ser querido, y especialmente cuando muere un hijo, no podemos esperar que vuelva a estar bien después de unos meses, de un año o de un tiempo que consideremos razonable.
El duelo no funciona así.
No es una enfermedad de la que tengamos que curarnos ni una carrera en la que debamos alcanzar una meta.
Es una respuesta humana ante la pérdida de alguien significativo.
Y cada persona necesita encontrar su propia manera de vivir con esa ausencia.
Durante mucho tiempo podemos sentir que avanzamos y retrocedemos constantemente.
Hay días en los que conseguimos realizar nuestras actividades cotidianas y otros en los que una canción, una fotografía, una fecha o un recuerdo nos devuelven a una tristeza muy intensa.
A veces nos sorprendemos riendo y, de pronto, aparece la culpa.
O descubrimos que hemos pasado un rato agradable y nos preguntamos cómo hemos podido disfrutar mientras nuestro hijo ya no está.
En otras ocasiones sentimos que necesitamos estar solos, alejarnos del ruido, protegernos de conversaciones que todavía no podemos sostener.
Y todo eso puede formar parte de nuestra experiencia.
Con el tiempo, algunas personas descubren que pueden volver a interesarse por determinadas actividades, recuperar vínculos, encontrar nuevos propósitos o disfrutar de pequeños momentos cotidianos.
Otras necesitan más tiempo, otros apoyos y otros caminos.
No creo que debamos convertir esos cambios en una obligación.
Tampoco pienso que todos los duelos tengan que terminar de una manera determinada.
Lo que sí he ido comprendiendo es que nuestra relación con el dolor puede transformarse.
No porque dejemos de amar, sino porque podemos ir encontrando otras maneras de vivir ese amor.
La ausencia continúa existiendo, pero no necesariamente tiene que ocupar todos los espacios de nuestra vida con la misma intensidad.
Y eso no significa olvidar.
Cuando volver a sonreír nos hace sentir culpables
La culpa es una de las experiencias que más me han hecho reflexionar sobre el duelo.
Puede aparecer de muchas maneras.
A veces está relacionada con lo que hicimos o dejamos de hacer.
«Si hubiera estado allí…».
«Si hubiera tomado otra decisión…».
«Si me hubiera dado cuenta antes…».
Otras veces surge cuando pensamos que deberíamos haber protegido a nuestro hijo de todo lo que pudiera sucederle.
Como madres y padres, sentimos una responsabilidad muy profunda hacia nuestros hijos. Queremos cuidarlos, protegerlos y evitarles cualquier sufrimiento.
Pero hay acontecimientos que escapan a nuestro control.
Y comprenderlo emocionalmente puede ser mucho más difícil que reconocerlo racionalmente.
También existe otra forma de culpa que puede aparecer con el paso del tiempo.
La culpa de seguir viviendo.
La culpa de disfrutar.
La culpa de reír.
La culpa de descubrir que, durante unos minutos, nuestra atención ha estado puesta en otra cosa.
He escuchado a muchas madres y padres preguntarse:
«¿Cómo puedo estar bien si mi hijo ha muerto?».
«¿Cómo puedo disfrutar de algo si él ya no puede hacerlo?».
«¿Significa que me estoy olvidando?».
Y siempre me parece importante acercarnos a estas preguntas con muchísimo respeto.
Porque detrás de ellas suele existir un amor inmenso y, a veces, el temor de que sentirnos un poco mejor signifique alejarnos de nuestros hijos.
Pero hay algo que quiero compartir desde mi propia experiencia.
No necesito permanecer en el sufrimiento para demostrar cuánto amo a mi hija.
Mi amor por ella no depende de cuánto llore, de cuánto me duela su ausencia ni de cuántos días consiga o no consiga sonreír.
El vínculo que nos une forma parte de mi historia, de mi identidad y de mi manera de comprender la vida.
Y puedo seguir cuidando ese vínculo mientras aprendo a cuidar también de mí.
No siempre es fácil.
No siempre consigo vivirlo de esa manera.
Pero comprenderlo me ha permitido mirar con más compasión algunos de mis propios sentimientos.
No necesitamos dejar atrás a quienes amamos
Durante mucho tiempo se ha hablado del duelo como un proceso que debemos superar, cerrar o dejar atrás.
Sin embargo, hoy sabemos que muchas personas mantienen vínculos significativos con quienes han muerto, y que esos vínculos pueden formar parte de una adaptación saludable a la pérdida.
Esta manera de comprender el duelo, conocida como la teoría de los vínculos continuos, ha sido especialmente importante para mí.
Porque nunca he sentido que mi tarea fuera despedirme emocionalmente de mi hija para continuar viviendo.
Mi tarea ha sido aprender a relacionarme con ella de otra manera.
Su presencia física ya no está, pero su historia sigue formando parte de la mía.
Está en mis recuerdos, en lo que aprendí siendo su madre, en las decisiones que he tomado y en muchas de las cosas que hoy dan sentido a mi vida.
Hay días en los que la recuerdo con una sonrisa.
Otros en los que la añoranza se hace especialmente intensa.
Y otros en los que ambas experiencias conviven.
He comprendido que la tristeza y la gratitud pueden compartir un mismo espacio.
Que puedo echarla profundamente de menos y agradecer, al mismo tiempo, que haya formado parte de mi vida.
Que puedo seguir siendo su madre sin necesitar que mi sufrimiento sea la única manera de mantenerme cerca de ella.
Y que continuar viviendo no significa dejarla atrás.
Acompañar es permanecer, también cuando pasa el tiempo
Hay algo que observo con frecuencia en las personas que atraviesan un duelo.
Durante los primeros días suelen recibir llamadas, mensajes, visitas y muestras de cariño.
La gente se acerca porque sabe que ha ocurrido algo terrible.
Pero, poco a poco, la vida de los demás recupera su ritmo.
Y la persona en duelo puede encontrarse cada vez más sola.
No necesariamente porque los demás hayan dejado de quererla, sino porque muchas veces no saben cómo seguir acompañando.
Piensan que quizás es mejor no preguntar.
Que recordar a la persona fallecida puede provocar tristeza.
Que después de cierto tiempo conviene hablar de otras cosas.
Sin embargo, para quienes hemos perdido a un hijo, su ausencia no desaparece cuando termina el funeral, cuando se cumple el primer aniversario o cuando dejamos de hablar tanto de lo sucedido.
Por eso valoro profundamente a las personas que permanecen.
A quienes siguen preguntando cómo estamos, incluso cuando ha pasado mucho tiempo.
A quienes se atreven a pronunciar el nombre de nuestros hijos.
A quienes nos permiten hablar de ellos sin sentirse incómodos.
A quienes recuerdan sus cumpleaños y comprenden que determinadas fechas pueden remover muchas emociones.
A quienes no nos exigen volver a ser las personas que éramos antes.
Y también a quienes saben acompañarnos en los momentos de alegría, sin hacernos sentir que estamos traicionando nuestra historia.
Porque acompañar un duelo no consiste únicamente en estar presentes cuando el dolor es más visible.
También significa reconocer que esa pérdida seguirá formando parte de la vida de la persona.
Y que nuestra manera de estar cerca puede necesitar transformarse con el tiempo.
A veces, lo más importante es un abrazo
Hoy, después de tantos años de aprendizaje personal y de acompañar a otras personas, sigo pensando que no necesitamos tener respuestas para todo.
No siempre podremos comprender completamente el sufrimiento de alguien.
No siempre sabremos qué decir.
Y no siempre encontraremos una manera de aliviar su tristeza.
Pero podemos aprender a estar.
Podemos escuchar sin interrumpir.
Podemos preguntar sin invadir.
Podemos respetar los silencios.
Podemos acompañar sin juzgar y sin establecer plazos.
Podemos reconocer que hay dolores que no necesitan ser corregidos, sino acogidos.
Y, cuando la otra persona lo desea, podemos ofrecer un abrazo.
Un abrazo que no prometa que todo irá bien.
Que no pretenda borrar lo ocurrido.
Que no exija fortaleza.
Un abrazo que simplemente diga:
«Sé que no puedo cambiar lo que ha sucedido».
«Sé que no tengo palabras capaces de quitarte este dolor».
«Pero estoy aquí».
«Y no tienes que atravesar este momento en soledad».
Porque, si algo he aprendido, es que no siempre podemos evitar el sufrimiento de quienes amamos, pero sí podemos contribuir a que se sientan acompañados mientras lo atraviesan.
Y a veces, para transmitir todo eso, las palabras sobran.
A veces basta con abrir los brazos.
Y permanecer.
Gracias por compartir este pequeño espacio de encuentro. Ojalá mis palabras te hagan sentir acompañada, comprendida y un poquito menos sola.
Con cariño y presencia,
Teresa Escobar Ruiz
Referencias para seguir profundizando
- Klass, D., Silverman, P. R. y Nickman, S. L. (Eds.). (1996). Continuing Bonds: New Understandings of Grief. Taylor & Francis.
- Neimeyer, R. A. (2001). Meaning Reconstruction & the Experience of Loss. American Psychological Association.
- Stroebe, M. y Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197–224.
- Doka, K. J. y Martin, T. L. (2010). Grieving Beyond Gender: Understanding the Ways Men and Women Mourn. Routledge.
- Payás Puigarnau, A. (2010). Las tareas del duelo: Psicoterapia de duelo desde un modelo integrativo-relacional. Paidós.
- Cohen, S., Janicki-Deverts, D., Turner, R. B. y Doyle, W. J. (2015). Does hugging provide stress-buffering social support? A study of susceptibility to upper respiratory infection and illness. Psychological Science, 26(2), 135–147.



