El autocuidado en el duelo: aprender a no abandonarme cuando más me necesito

Una reflexión personal sobre el cuidado, la vulnerabilidad y todo aquello que he ido aprendiendo después de la muerte de mi hija.

Hay algo que hoy considero fundamental cuando hablamos de duelo y que, sin embargo, durante los primeros tiempos después de la muerte de mi hija Antonella apenas fui capaz de reconocer: la necesidad de cuidarme.

Recuerdo que entonces el autocuidado no formaba parte de mis preocupaciones. Mi mundo se había derrumbado y yo intentaba comprender cómo era posible seguir viviendo en una realidad en la que mi hija ya no estaba físicamente.

¿Qué podía significar cuidarme en aquellas circunstancias?

¿Cómo iba a pensar en mi bienestar cuando lo que más amaba en el mundo había muerto?

La palabra autocuidado me resultaba lejana, casi ajena a lo que estaba viviendo.

No porque no lo necesitara, sino porque todavía no sabía reconocer esa necesidad.

Con el paso de los años, a través de mi propia experiencia, de las diferentes formaciones que he realizado y de todo lo que he ido aprendiendo acompañando a otras personas, mi manera de comprender el autocuidado ha cambiado profundamente.

Hoy sé que cuidarme no significa dejar de sentir dolor, distraerme de mi tristeza ni esforzarme por recuperar cuanto antes la vida que tenía.

Cuidarme significa reconocer que yo también necesito atención, comprensión, descanso, respeto y ternura, especialmente cuando estoy atravesando una experiencia dolorosa.

Y esto, que ahora puedo expresar con cierta claridad, tuve que aprenderlo poco a poco.

Vivimos en una sociedad que no sabe qué hacer con el dolor

Creo que una de las grandes dificultades que encontramos para comprender el verdadero significado del autocuidado tiene que ver con la sociedad en la que vivimos.

Una sociedad que, en muchos aspectos, continúa siendo profundamente tanatofóbica.

Utilizo esta palabra para referirme a nuestra dificultad cultural para mirar de frente la muerte, hablar de ella con naturalidad y reconocer el sufrimiento que acompaña a las pérdidas.

Hemos aprendido a evitar las conversaciones incómodas, a esconder las lágrimas, a buscar explicaciones rápidas y a ofrecer soluciones incluso cuando no las hay.

Nos cuesta permanecer junto al dolor, tanto al propio como al ajeno.

Y esa dificultad también condiciona la manera en que entendemos el autocuidado.

Con frecuencia se nos presenta como una serie de actividades destinadas a hacernos sentir mejor: salir a pasear, hacer ejercicio, viajar, distraernos, pensar en positivo, retomar nuestras rutinas o encontrar nuevas motivaciones.

No tengo nada en contra de estas propuestas. Muchas pueden resultar beneficiosas cuando responden a una necesidad real.

Pero he aprendido que no todo lo que nos distrae nos cuida, del mismo modo que no todo lo que nos hace sentir tristeza nos perjudica.

A veces, lo que verdaderamente necesito es llorar.

Otras veces, descansar.

En ocasiones, hablar de mi hija.

En otras, permanecer en silencio.

Y también hay momentos en los que necesito reír, compartir una comida, disfrutar de la compañía de alguien querido o dedicarme a una actividad que me resulta agradable.

El autocuidado no debería convertirse en otra obligación que añadir a la larga lista de cosas que supuestamente tenemos que hacer para llevar bien nuestro duelo.

Porque entonces deja de ser cuidado y se convierte en exigencia.

Y bastante difícil puede resultar ya vivir con una ausencia significativa como para añadirle la presión de tener que cuidarnos perfectamente.

Nadie me había enseñado a escuchar lo que necesitaba

Una de las cosas que he ido comprendiendo es que muchas personas llegamos a la vida adulta sin haber aprendido realmente a reconocer nuestras necesidades.

Sabemos atender responsabilidades, cumplir compromisos, responder a las expectativas de los demás y cuidar de quienes queremos.

Pero no siempre sabemos detenernos y preguntarnos:

¿Qué necesito yo?

¿Qué me está haciendo daño?

¿Qué me ayuda a sentirme un poco más segura?

¿Cuáles son mis límites?

¿Qué puedo hacer hoy y qué necesito dejar para otro momento?

Durante el duelo, estas preguntas adquieren una importancia especial.

Porque una pérdida significativa puede alterar profundamente nuestra relación con el mundo, con los demás y con nosotros mismos.

Podemos experimentar cansancio, dificultades para dormir, cambios en el apetito, problemas de concentración, tensión corporal o una sensación constante de agotamiento.

También podemos sentirnos desbordados por emociones que cambian a lo largo del día.

Y, sin embargo, muchas veces seguimos exigiéndonos funcionar como si nada hubiera sucedido.

Yo también tuve que aprender a reconocer que mi cuerpo y mi mente estaban atravesando una experiencia extraordinariamente difícil.

Que necesitaba descansar sin sentir que estaba perdiendo el tiempo.

Que podía decir que no.

Que no tenía que justificar constantemente mis lágrimas.

Que no estaba obligada a participar en encuentros para los que todavía no me sentía preparada.

Y que pedir ayuda no significaba haber fracasado.

Aprender a cuidarme comenzó, en buena medida, cuando empecé a escucharme sin juzgar lo que encontraba dentro de mí.

El autocuidado también consiste en permitirme sentir

Durante mis años de formación he profundizado en diferentes maneras de comprender las emociones, la autorregulación y la relación que mantenemos con nuestro mundo interior.

Uno de los aprendizajes que más valoro es haber comprendido que las emociones no son enemigas de las que tengamos que defendernos.

La tristeza, el miedo, la rabia, la culpa o la añoranza pueden resultar experiencias muy difíciles, pero no son emociones equivocadas.

No necesitamos clasificarlas constantemente como positivas o negativas.

Necesitamos aprender a reconocerlas, comprender qué pueden estar expresando y encontrar maneras de relacionarnos con ellas sin hacernos daño.

En el duelo, esto me parece especialmente importante.

Porque vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a controlar lo que sentimos.

«No llores tanto».

«Tienes que ser fuerte».

«No puedes seguir así».

«Intenta pensar en otra cosa».

«Tienes que salir y distraerte».

Sé que muchas de estas frases nacen del cariño y de la impotencia que sentimos cuando vemos sufrir a alguien.

Pero también sé que pueden hacernos sentir que nuestra tristeza es un problema que debemos resolver cuanto antes.

Y no siempre necesitamos resolver lo que sentimos.

A veces necesitamos permitirnos sentirlo en condiciones de seguridad y con el apoyo adecuado.

Con el tiempo he aprendido que cuidarme puede significar reconocer que hoy estoy triste y no obligarme a estar alegre.

Que puedo llorar sin interpretar mis lágrimas como un retroceso.

Que puedo experimentar rabia sin sentirme una mala persona.

Que puedo añorar profundamente a mi hija sin considerar que estoy haciendo algo mal.

Y que también puedo sentir momentos de calma o alegría sin tener que justificarme por ello.

El autocuidado emocional no consiste en elegir qué emociones quiero sentir, sino en aprender a relacionarme con las que aparecen de una manera más respetuosa y compasiva.

Mi cuerpo también estaba viviendo el duelo

Algo que considero esencial y que no siempre tenemos suficientemente presente es que el duelo no se experimenta únicamente a través de nuestros pensamientos y emociones.

También se vive en el cuerpo.

El cuerpo puede expresar el impacto de una pérdida mediante el cansancio, la tensión muscular, las alteraciones del sueño, las molestias digestivas, la falta de energía o una sensación de inquietud difícil de explicar.

A veces estamos tan pendientes de comprender lo que nos sucede emocionalmente que olvidamos prestar atención a nuestras necesidades físicas.

Yo he ido aprendiendo la importancia de esa escucha corporal, especialmente a través de la meditación, las prácticas de atención consciente y la formación en autorregulación emocional.

No se trata de controlar todas las sensaciones ni de conseguir que desaparezcan.

Se trata de desarrollar una relación más amable con nuestro cuerpo.

De reconocer cuándo estoy agotada.

Cuándo necesito detenerme.

Cuándo llevo demasiado tiempo sosteniendo una tensión.

Cuándo necesito movimiento y cuándo descanso.

Y también de recordar que algunas molestias requieren atención sanitaria y no deben atribuirse automáticamente al duelo.

Una práctica sencilla que he incorporado a mi manera de comprender el autocuidado consiste en detenerme durante unos instantes y preguntarme:

¿Cómo está mi cuerpo ahora?

¿Dónde noto tensión?

¿Cómo estoy respirando?

¿Tengo hambre, sed, frío o cansancio?

¿Hay alguna necesidad sencilla que pueda atender en este momento?

No siempre encuentro respuestas claras.

Y tampoco necesito encontrarlas.

A veces basta con reconocer que mi cuerpo está aquí, acompañándome en una experiencia que también le afecta.

Hay días en los que dirigir la atención hacia el interior puede resultar incómodo o incluso abrumador. En esos momentos, mirar a mi alrededor, sentir los pies apoyados en el suelo o escuchar los sonidos del entorno puede ser una manera más amable de recuperar cierta sensación de seguridad.

He comprendido que escuchar mi cuerpo no significa obligarlo a relajarse, sino aprender a reconocer sus señales y responder a ellas con cuidado.

Cuidarme también es aprender a poner límites

Hay un aspecto del autocuidado del que me parece imprescindible hablar: los límites.

Durante el duelo podemos encontrarnos con situaciones, conversaciones y comportamientos que nos hacen daño, aunque las personas que los protagonizan no tengan intención de herirnos.

Preguntas que no queremos responder.

Consejos que no hemos pedido.

Comparaciones con otras pérdidas.

Comentarios sobre cuánto tiempo llevamos sufriendo.

Invitaciones a encuentros para los que no tenemos fuerzas.

O expectativas de que volvamos a ser las personas que éramos antes.

He aprendido que no tengo que exponerme continuamente a aquello que me desborda para demostrar fortaleza, educación o agradecimiento.

Puedo agradecer una invitación y rechazarla.

Puedo decir que hoy no quiero hablar de lo sucedido.

Puedo retirarme de una conversación que me resulta dolorosa.

Puedo pedir que no se minimice mi experiencia.

Y también puedo explicar que necesito compañía, aunque no tenga ganas de conversar.

Poner límites no significa rechazar a los demás.

Significa reconocer que mis necesidades también merecen respeto.

Por supuesto, los límites pueden cambiar. Lo que hoy no puedo sostener quizás pueda hacerlo en otro momento.

Y lo que antes me ayudaba puede dejar de hacerlo.

El autocuidado necesita esa flexibilidad.

Porque el duelo es una experiencia cambiante y nuestras necesidades también lo son.

No tengo que poder con todo: dejarme cuidar también es autocuidado

Durante mucho tiempo hemos asociado la fortaleza con la capacidad de resistir, resolver y seguir adelante sin necesitar demasiado de los demás.

Sin embargo, uno de los aprendizajes más importantes que he ido integrando es que la autonomía no significa autosuficiencia absoluta.

Somos seres profundamente relacionales.

Necesitamos vínculos, pertenencia, reconocimiento y apoyo.

Y cuando atravesamos una pérdida significativa, esas necesidades pueden hacerse especialmente visibles.

Cuidarme también significa reconocer que hay momentos en los que necesito a otras personas.

Alguien que me escuche sin juzgarme.

Alguien que me acompañe a realizar una gestión que me resulta difícil.

Alguien que pueda ayudarme con alguna tarea cotidiana.

Alguien con quien compartir un recuerdo.

O simplemente alguien que esté cerca sin exigirme conversación.

En mi experiencia acompañando a personas en duelo, he comprobado el valor que pueden tener los espacios donde no necesitamos aparentar que estamos bien.

Los círculos de acompañamiento, por ejemplo, pueden ofrecer la posibilidad de encontrarnos con otras personas que reconocen experiencias semejantes, aunque cada historia sea diferente.

No porque el dolor de todos sea igual, sino porque a veces resulta profundamente reparador sentir que no tenemos que explicar o justificar continuamente lo que nos sucede.

También he aprendido que hay momentos en los que necesitamos ayuda profesional especializada.

Y buscarla forma parte del autocuidado.

No es una señal de debilidad.

No significa que estemos viviendo mal nuestro duelo.

Significa reconocer que existen experiencias que requieren apoyos adicionales y que merecemos recibirlos.

Cuidarme no siempre consiste en encontrar fuerzas dentro de mí. A veces consiste en permitir que alguien me acompañe cuando mis fuerzas no alcanzan.

La alegría también necesita encontrar su lugar

Hay una dimensión del autocuidado que considero especialmente delicada cuando hablamos de duelo: la posibilidad de volver a experimentar placer, bienestar o alegría.

Recuerdo cuánto puede costar comprender que estas experiencias no son incompatibles con el amor que sentimos por quienes han muerto.

Cuando perdemos a alguien profundamente significativo, especialmente a un hijo, podemos llegar a sentir que cualquier momento agradable es una especie de traición.

¿Cómo voy a disfrutar si mi hija ya no está?

¿Cómo puedo reír cuando la echo tanto de menos?

¿Cómo puedo sentirme bien en un mundo en el que ella ha muerto?

Estas preguntas no siempre tienen respuestas sencillas.

Y tampoco creo que debamos apresurarnos a responderlas.

Con el tiempo he ido comprendiendo que el amor y el sufrimiento no son la misma cosa.

Que mi vínculo con mi hija no depende de la intensidad de mi tristeza.

Y que permitirme disfrutar de algunos momentos no significa alejarme de ella.

Este aprendizaje ha sido especialmente importante para mí.

Porque cuidarme también supone reconocer que sigo siendo una persona con necesidades, deseos, intereses y posibilidades de experimentar momentos agradables.

No necesito buscar la felicidad como una obligación.

No necesito encontrar algo positivo en todo lo que me sucede.

Pero puedo permitirme disfrutar de una conversación, de una comida, de una lectura, de la naturaleza o de un encuentro querido cuando esa posibilidad aparece.

Sin culpa.

Sin exigencias.

Sin interpretar que estoy olvidando.

La vida puede seguir ofreciéndonos experiencias valiosas, incluso cuando convivimos con una ausencia que nunca hubiéramos querido conocer.

Y reconocerlas no disminuye el amor que sentimos por quienes ya no están físicamente.

Crear mi propio lugar de duelo

Otra de las cosas que he ido aprendiendo es la importancia de disponer de espacios donde podamos encontrarnos con nosotros mismos sin sentirnos observados, juzgados o presionados.

No me refiero necesariamente a un lugar especial ni a un espacio dedicado exclusivamente al recuerdo.

Puede ser un rincón de casa, una habitación, un jardín, un lugar en la naturaleza o cualquier entorno en el que sintamos cierta tranquilidad.

Un espacio donde podamos detenernos.

Donde no tengamos que responder inmediatamente a las demandas del exterior.

Donde podamos llorar, recordar, escribir, meditar o simplemente permanecer en silencio.

Para mí, la meditación y el cultivo de la presencia han ido adquiriendo un valor muy importante.

Pero también he aprendido que meditar no significa dejar la mente en blanco ni conseguir que desaparezca la tristeza.

Significa, entre otras cosas, desarrollar la capacidad de observar lo que sucede dentro de mí sin reaccionar automáticamente ni exigirme que sea diferente.

Y esto requiere práctica, paciencia y mucho respeto por nuestros propios límites.

No todas las personas encuentran bienestar en las mismas actividades.

Para algunas, escribir puede ser una manera de expresar lo que sienten.

Para otras, caminar, escuchar música, dibujar, cuidar plantas o realizar alguna actividad manual puede facilitar ese encuentro consigo mismas.

Lo importante no es la actividad en sí misma.

Lo importante es que responda a una necesidad personal y no a una nueva exigencia.

Con los años he comprendido que crear mi propio lugar de duelo también significa algo más profundo: darme permiso para vivir mi experiencia sin tener que adaptarla constantemente a las expectativas de los demás.

El autocuidado no puede ser únicamente una responsabilidad individual

Hay algo que considero especialmente importante después de tantos años de formación y acompañamiento.

No podemos hablar de autocuidado como si todas las personas dispusieran de las mismas posibilidades para cuidarse.

No todo el mundo tiene tiempo para descansar.

No todas las personas cuentan con una red de apoyo.

No todas pueden acceder a acompañamiento profesional.

Hay quienes deben reincorporarse al trabajo cuando todavía se sienten profundamente desbordados.

Quienes tienen responsabilidades familiares que no pueden aplazar.

Quienes atraviesan dificultades económicas, conflictos o situaciones de soledad.

Y quienes, además de su pérdida, tienen que enfrentarse a la incomprensión de su entorno.

Por eso me preocupa que el autocuidado se presente exclusivamente como una responsabilidad personal.

Como si bastara con organizarse mejor, tener una actitud positiva o dedicar unos minutos al día a determinadas actividades.

Cuidarnos también depende de las condiciones en las que vivimos.

Necesitamos una sociedad que reconozca el duelo como una experiencia humana que merece respeto.

Entornos laborales más sensibles.

Comunidades capaces de acompañar sin imponer plazos.

Espacios educativos donde podamos hablar de la muerte y de las pérdidas.

Profesionales preparados para escuchar.

Y relaciones en las que podamos expresar nuestra vulnerabilidad sin sentir vergüenza.

He aprendido que el cuidado tiene una dimensión personal, pero también una dimensión profundamente social y comunitaria.

No basta con decirle a una persona en duelo que debe cuidarse. También necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo para que pueda hacerlo.

Lo que hoy entiendo por autocuidado

Si alguien me hubiera preguntado al principio de mi duelo qué significaba cuidarme, probablemente no habría sabido qué responder.

Hoy, después de tantos años, mi respuesta sería diferente.

Cuidarme es reconocer que mi dolor merece respeto, pero que mis necesidades también lo merecen.

Es permitirme descansar sin sentirme culpable.

Es escuchar mi cuerpo y atender sus señales.

Es aprender a poner límites.

Es dejarme acompañar.

Es reconocer cuándo necesito ayuda.

Es no exigirme estar bien.

Es aceptar que puedo sentir tristeza y gratitud, añoranza y serenidad, dolor y amor, sin que ninguna de estas experiencias invalide a las demás.

Es comprender que no necesito demostrar constantemente mi fortaleza.

Y, sobre todo, es recordar que seguir cuidando de mí no significa dejar de cuidar el vínculo con mi hija.

Durante mucho tiempo tuve que aprender a vivir con su ausencia.

Y en ese aprendizaje también tuve que encontrar una manera diferente de relacionarme conmigo misma.

Una manera más paciente.

Más comprensiva.

Menos exigente.

Todavía sigo aprendiendo.

Porque el autocuidado no es una meta que alcanzamos definitivamente, sino una relación que vamos construyendo con nosotros mismos a lo largo de la vida.

Hay días en los que resulta sencillo reconocer lo que necesito.

Y otros en los que vuelvo a olvidarme de mí, me exijo demasiado o me cuesta encontrar el equilibrio.

Pero ahora tengo algo que antes no tenía: una mayor conciencia de la importancia de escucharme y de tratarme con la misma compasión que intento ofrecer a quienes acompaño.

Una pequeña invitación para comenzar

Si estás atravesando un duelo y has llegado hasta aquí, me gustaría proponerte algo muy sencillo.

No voy a pedirte que cambies tus hábitos, que hagas una lista de objetivos ni que te comprometas a realizar determinadas actividades todos los días.

Solo quiero invitarte a que, en algún momento de hoy, te detengas unos instantes y te preguntes:

¿Cómo estoy realmente?

No cómo debería estar.

No cómo esperan los demás que esté.

¿Cómo estoy yo?

Y después, si te resulta posible, hazte una segunda pregunta:

¿Qué necesitaría hoy para tratarme con un poquito más de cuidado?

Quizás necesites descansar.

Quizás hablar con alguien.

Quizás llorar.

Quizás salir a caminar.

Quizás pedir ayuda con algo que te está resultando demasiado difícil.

O quizás hoy no sepas qué necesitas.

Y también está bien reconocerlo.

No tienes que encontrar todas las respuestas.

Puedes empezar por algo pequeño.

Por una necesidad que puedas atender.

Por un límite que necesites establecer.

Por un momento de descanso que puedas permitirte.

Por una conversación que llevas tiempo necesitando.

O por reconocer, simplemente, que estás atravesando algo difícil y que mereces ser tratado con ternura.

Quiero terminar compartiendo una de las comprensiones más importantes que me ha dejado mi propio camino.

Cuidarme no significa que me duela menos la ausencia de mi hija. Significa que he aprendido que yo también merezco cuidado mientras convivo con esa ausencia.

Y ojalá nadie tuviera que esperar tantos años para descubrirlo.

Porque cuando la vida nos duele, cuando sentimos que hemos perdido nuestras certezas y apenas sabemos cómo continuar, quizás una de las formas más profundas de amor que podemos ofrecernos sea esta:

No abandonarnos a nosotros mismos.

Con el cariño de quien también conoce el dolor de la ausencia y ha aprendido que cuidarse no es olvidar, sino seguir viviendo con amor y respeto por la propia historia.

Teresa Escobar Ruiz