En estos días he tenido la oportunidad –y también la responsabilidad– de acompañar a familias que sufrieron directamente las consecuencias del devastador incendio en la zona de Monterrei. Quienes somos gallegos sabemos que la tierra es mucho más que un paisaje: es raíz, sustento, historia y cultura. Ver cómo el fuego arrasa bosques, animales y medios de vida significa también ver cómo se quebranta la identidad, el bienestar y la libertad de las personas.
Estar en A Caridade me permitió escuchar relatos que me conmovieron profundamente: historias de amor por la tierra y la cultura, de resistencia y resiliencia, pero también de miedo, ansiedad y desesperanza. Ahí comprendí una vez más que el duelo no se limita a las pérdidas humanas, sino que se extiende a la naturaleza misma, a los ecosistemas y a las comunidades que se sostienen en ellos. Desde entonces, pienso mucho en lo que significa llorar, en aquello que elegimos lamentar y en cómo ese dolor revela lo que valoramos y lo que nos vincula tanto a nivel individual como colectivo.
El concepto de Antropoceno, popularizado por Paul Crutzen, nos recuerda que estamos en una era en la que la huella humana se ha convertido en la principal fuerza de transformación del planeta. La pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos, los incendios, las sequías y el colapso de ecosistemas son parte de esta realidad. Y con esas pérdidas llega también un nuevo tipo de duelo, que no podemos seguir ignorando.
En este contexto, el duelo ecológico surge como respuesta a la desaparición de especies, a la degradación de paisajes significativos o al deterioro progresivo de los ecosistemas. Se trata de un duelo que no termina, porque se experimenta en medio de cambios ambientales continuos y, en muchos casos, irreversibles. Como señalan los estudios, este tipo de duelo es acumulativo, profundo y cada vez más extendido, tanto en comunidades indígenas como en agricultores, científicos y activistas que encuentran difícil sostener el dolor que provoca mirar de frente lo que estamos perdiendo.
Aunque el duelo suele ser algo que intentamos evitar, pensar en él desde la perspectiva ecológica nos abre otra posibilidad: la de transformar el dolor en vínculo y compromiso. Judith Butler (2004) plantea que el duelo tiene la capacidad de generar una comunidad política compleja, porque ilumina nuestras interdependencias y nos confronta con nuestra responsabilidad ética.
En este sentido, el duelo ecológico no es solo una herida: puede convertirse en una práctica espiritual restauradora, que nos recuerde que todas las formas de vida están entrelazadas. Se trata de reconocer que, al llorar lo perdido, también estamos afirmando nuestro amor y nuestra responsabilidad hacia la tierra y hacia quienes la habitan, humanos y más-que-humanos.
Desde la Escuela de Formación Integral sentimos que hablar y difundir sobre el duelo ecológico es ya un deber ético. Callar frente a esta realidad es dejar solas a las comunidades que lo sufren. Por eso, queremos seguir profundizando en el acompañamiento a familias y territorios que están en primera línea de estas pérdidas.
En los próximos meses impulsaremos talleres y espacios de reflexión sobre el duelo ecológico. Queremos que sean lugares donde el dolor se reconozca, pero también donde surja la creatividad, la resistencia y la esperanza. Tal como recuerdan C. M. Parkes y H. G. Prigerson (2010):
“Así como los huesos rotos pueden volverse más fuertes que los sanos, la experiencia del duelo puede fortalecer y madurar a quienes previamente han estado protegidos de la desgracia. El dolor del duelo es tan parte de la vida como la alegría del amor; es, quizás, el precio que pagamos por el amor, el precio del compromiso”.
Hacer visible este duelo, nombrarlo y compartirlo, es también una forma de cuidado colectivo y una invitación a no quedarnos atrapados en la desesperanza, sino a encontrar en la herida una fuente de transformación.
En Canadá, especialmente en el Norte, se han recogido testimonios cada vez más frecuentes de ansiedad, tristeza y rabia por la pérdida de tierras queridas. Galicia, como territorio profundamente ligado a la tierra y al mar, tiene también una responsabilidad histórica y cultural en este proceso. Lo que está en juego no es solo el presente de nuestros ecosistemas, sino la herencia cultural y espiritual que dejaremos a las próximas generaciones.
Hoy sabemos que el duelo ecológico es una realidad inevitable. Lo crucial es decidir qué hacemos con él. ¿Lo negamos y seguimos adelante como si nada? ¿O nos dejamos afectar, dejamos que el dolor nos humanice y nos mueva a la acción ética y política?
Desde nuestra escuela creemos que este es el momento de unir voces, experiencias y conocimientos. El duelo ecológico puede convertirse en un motor de conciencia y de cambio si lo asumimos colectivamente, si lo integramos en nuestras comunidades, en la educación y en la vida cotidiana.
No se trata de romantizar el dolor, sino de reconocer en él una oportunidad: la de despertar nuestra sensibilidad, reforzar nuestros lazos comunitarios y encontrar juntos la fuerza para sostener y regenerar la vida.
Escuela de formación integral
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